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miércoles, 15 de febrero de 2012

Acuarela salvaje



No abundan los corazones en la obra plástica de Faba. Revisando toda su producción entre 2005 y 2010, lo más aproximado que ha encontrado al motor de la sangre, ha sido este fresón pintado con su propia carne.
Se trata de una de las tres últimas obras emprendidas por el autor, y nunca acabadas; en el momento que empiezan a ser, interrumpe el proceso Faba. Como si hubiera llegado al último piso de su construcción, y a partir de ahí le diera pereza terminar el edificio del cuadro. ¿Es una torre pictórica menos torre, por no tener paredes en sus plantas?
Quizás las dos mayores señas de identidad de la pintura de Faba, sean tanto la naturaleza accidental y heterodoxa de sus soportes; como el carácter inacabado de sus obras. ¿Podría algún galerista, crítico o coleccionista, apreciar, arriesgar o pagar por estos defectos?
Que sea este retrato de fresón una obra realizada tras cinco años previos de calentamiento, permite apreciar la falta de respeto del artista por la técnica. A estas alturas, el cuadro está tan dibujado o pintado, como escupido; pues Faba masticaba fresas mientras pintaba, para terminar lanzándolas sobre el papel de estraza; y a continuación, esparcirlas con un pincel gordo, empapado en engrudo.
Para las sombras no dudaba en añadir al pigmento, media cucharadita de pimentón, o incluso ceniza de sus cigarrillos, que disolvía con agua y saliva. Esta porquería colorista quedaba prendida al papel, al secarse el jugoso esperma de engrudo, provocando una textura final muy orgánica.
A todos los efectos, la técnica podría considerarse como una acuarela salvaje, pues el aceite no había participado en esta orgía pictórica. La prueba es que el absorbente papel de estraza, no muestra una sola mancha de grasa. La sequedad final del emplasto convivió armoniosamente, con la sombra de lápiz que proyecta el fruto, y con el penacho de hojas verdes, dibujadas con finas tizas de colores.
Puede percibirse además, como un rasgo estilístico involuntario, las expresivas arrugas que se han formado en la zona inferior del papel, al secarse el agua y lanzar toda su tensión el engrudo. Todos estos factores también forman parte del resultado plástico final, a juicio de quien lo realizara.
Aunque el susodicho fresón al ser pintado, superara en tamaño a una cabeza humana, cuando el pintor lo vio colgado en la pared, se dio cuenta de que no había pintado una fruta agrandada, sino un corazón humano enorme; para ser más precisos, el retrato del corazón de Faba. Y si se mira sólo la parte inferior de la fresa, podrá percibirse que en realidad se trata de una lengua carnosa y brillante.

Gabriel Faba, 2010.
Acuarela salvaje con engrudo,
Sobre papel de estraza de frutería.


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martes, 14 de febrero de 2012

Un pellizco de infinito


Los dedos de las manos son los cangrejos del alma.
El arte de la iluminación es la práctica artística más gratificante. Nunca se disfruta tanto del color, como rellenando el dibujo trazado por otro. Esas estructuras de perfil negro que sugieren las cosas y las personas en los cuadernos de colorear, no alcanzan su plena entidad gráfica, hasta que no están avivados por los colores subjetivos de quienes los pintan.
La fotocopia en blanco y negro genera una plantilla perfecta para cualquier veladura de color que quiera posarse sobre ella. Así lo experimentó Faba, cuando encuadernaba este libro fotocopiado de una rara edición de Danzas clásicas de la India. Su autora, Kay Ambrose, fue una artista y escritora británica, que llegó a ser la directora artística de la Compañía de Ram Gopal, uno de los bailarines hindúes más reconocidos internacionalmente, en la 2ª mitad del S. XX. 
Este libro valioso y raro llegó hasta Faba, a través de un alumno suyo, que a su vez tenía una maestra –actriz y bailarina- que lo había comprado en su único viaje a la India. Toda una cadena, la de la educación, para transportar el conocimiento y la pasión, (por todo lo que se hace), de una generación en otra.
Con pinceles mojados en agua envenenada con pigmento, deslizó Faba sus trazos como si fuera una serpiente, que avanza de noche por la selva. Y gozó siendo ofidio, mecido por la cuna que forman estas dos manos de mujer en plena danza.
Los mudras, o astas, son un lenguaje que desarrollan con las manos los bailarines y bailarinas hindúes, para referir al público información adicional, a lo que el narrador está cantando, a la par que provocan ciertos estados emocionales, generalmente místicos o trascendentes. Aunque se encuentran codificadas como un lenguaje, (los hindúes fueron los primeros en publicar una gramática; su autor, Panini, es patrón de los filólogos), el público capta los mudras más por su valor visual, rítmico o emotivo, que por el desciframiento de un significado.
Estas manos azafranadas, con sortijas y brazaletes dorados, parece que están intentando transmitir algo así como un pellizco de infinito sobre las cosas que vivimos. Quizás tras ellas se encuentren todas las manos de mujer que hicieron posible tanto este libro, como que desembocara en este blog, gracias al empeño e ilusión que transmitieron a sus discípulos.

Kay Ambrose. Classical Dances and Costumes of India. 1950.

lunes, 13 de febrero de 2012

El santo que nunca existió


La iglesia católica romana no celebra la festividad de San Valentín desde el pasado 1969. Con estas reformas postconciliares, se buscaba suprimir del santoral a personajes legendarios, cuya existencia no había podido ser demostrada históricamente. De San Valentín sólo se sabía que era una mártir cristiano de la época romana, que fue martirizado en el S. III de nuestra era, por mandato de un Emperador, Claudio II, que parece aún más ficticio que su propia víctima.
De las tres posibles personalidades biográficas que se adjudican al indeterminado Valentín, la más exótica pasa por la de ser un mártir cristiano en la conquista romana de África. La segunda es penosamente institucional para un santo patrón de los enamorados: se sugiere que fue un Obispo italiano, que sufrió martirio hasta la muerte, y cuya basílica se conserva en Terni, Italia.
La tercera es la más improbable de todas, por insólita, a la par que sugestiva; y reconoce a Valentín en un médico romano, que al cristianizarse se hizo sacerdote, pasando a celebrar matrimonios entre los soldados de Roma. El Emperador Claudio ll, llamado el Gótico, no pudo consentir esta provocación, pues la homosexualidad resultaba incompatible con la carrera de armas. Aplicando lo cual, el primer sacerdote que consagró el amor entre hombres, fue martirizado hasta la muerte,  naciendo así este vínculo tan profundo entre el Santo patrón y los enamorados; que no ha sido capaz de interrumpir, la marginación a que la Iglesia lo ha sometido.
Quizás por eso se lleven tan bien los amores contrariados con este Cupido cristiano, que consagraba con sus flechas y sus alianzas el amor entre humanos, más allá del sexo que lucieran.
El gran soñador, que ha visto la luz en tres ocasiones ya en este blog, hoy levanta su cabeza y abre sus ojos, desde esta acuarela, para mirar -frente a frente- al público de esta Huerta, que hasta ahora no le había conocido. Sirva esta mirada abierta como presente a San Valentín, protector fantasma de los enamorados.

El espejo de San Valentín
Gabriel Faba. 14-2-2007
Acuarela sobre papel acuarela.
29 X 23 cms.

domingo, 12 de febrero de 2012

Homenaje a la masturbación


Desde los olisipos de cuero, que usaban las damas griegas, como consoladores en sus momentos más críticos, (y que aparecen como objetos protagonistas de los Mimiambos, o farsas breves, representadas por los mimos helenísticos); hasta la escultura de un falo y unos testículos, (en cerámica blanca), que encontramos en casa de la "old cat lady" de La naranja mecánica de Kubrick, (y con el que Alex y sus compañeros de farra, terminarán violando y asesinando a la señora de la casa), corren siglos de falocracia doméstica.
Sirva esta pequeña aportación de Faba, para recordar que la relación más placentera -sexualmente hablando- de nuestras vidas, es la que mantienen un falo y una mano, que suelen acompañarnos allá donde vayamos.
Este boceto de Monumento a la masturbación, tenía el objetivo de ser endurecido con Alkil -después de modelado- para poder ser pintado con óleo.

La pareja más estable
Gabriel Faba 2006.
Boceto de escultura en plastilina blanca.
17 X 7 cms.

sábado, 11 de febrero de 2012

Los dedales del tiempo


Escribir es revolver cajas. La caja es el contenedor más fascinante de todos los tiempos. No sólo se guardan cosas dentro de ellas, sino que además, se captura al tiempo involuntariamente. 
No recuerda Faba con exactitud la procedencia de esta caja de dedales de acero niquelados. Debió adquirirla en alguna mercería madrileña, en las que excavaba -más que curiosear- como un arqueólogo en busca de tesoros relativos. Quizás se la regalara su amigo Tin-Tín de Vigo, tras alguno de sus viajes alrededor del mundo… lo cierto es que por aquí se ignora el origen de este objeto sensible.
Hubo un tiempo en la Huerta del Retiro, en que al artista norteamericano Joseph Cornell, se le veneraba como a un divino Maestro. Gracias a la metodología arbitraria del Surrealismo, (al que se adscribe a este insólito artista plástico), Cornell pintó su obra, (o quizás representó su teatro), con cornucopias, cartas estelares, cajetillas de fósforos, botones perdidos de abrigos, alfileres de acero, viejas etiquetas de mercería, cuentas de vidrio, corchos de vinos… Podría decirse, que en los espacios poéticos que Cornell creaba en el interior de sus cajas con cuarta pared de vidrio, podrían haberse sentido igual de cómodos, tanto el astrólogo Rey Basilio calderoniano, como el inmigrante más desgraciado de Brooklyn, en el teatro de Arthur Miller.
Al abrir la primorosa y germánica –por austera- tapa de la cajita de dedales, encontróse Faba con esta camada de dedales, brillantes como estrellas, y oxidados como lapas. ¿Cuántos años llevarían ahí dentro, pasando el tiempo entre algodones, y envejeciendo de herrumbre? ¿Qué gota aviesa o qué humedales, atravesaron el cartón de la cajita, y en vez de ser absorta por el algodón, fue a parar sobre los dedales metálicos?
Un objeto que despertaba tantos interrogantes, tenía por fuerza, algo que ver con el arte. Invocando la autoridad de Joseph Cornell y Marcel Duchamp, decidió publicar su hallazgo, compartirlo en su blog con sus lectores, y bautizar al objeto como Los dedales del tiempo. Han pasado sólo cinco horas desde su descubrimiento. No hemos podido resistirnos a compartirlo.

viernes, 10 de febrero de 2012

El muchacho metálico


El actor catódico tiene la carne color turquesa. Más que dentro de la pantalla, parece un espectro mirando a un televisor en funcionamiento. De colores ocre y tierra son las sombras que modulan su cabeza.
A la juventud se la desea en todos sus colores, siempre que no haya cumplido los treinta. Olorosa carne de eucalipto, tersa como el mármol, masticable como un helado de Atlántico.
La acuarela convierte en marejada, la cabellera azulada de un muchacho arrogante. ¿Será porque viste mono de mecánico?  
¿Qué pensarían los pelos del pincel, si reconocieran cuándo están pintando cabellos humanos? ¿esmerarse? o pasar de largo.

El muchacho metálico
Gabriel Faba. 2008
Acuarela sobre cartón de camisa.
22 X 22 cms.


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jueves, 9 de febrero de 2012

La Gioconda del Kabuki


El teatro Kabuki nació para dar placer a los que lo contemplaban. No podía ser de otra manera, cuando su creadora, Okuni, (una bailarina del templo Kitano de Kioto), montó -allá por 1603- una compañía de danza, formada por hermosas mujeres marginadas, a causa generalmente de un pasado de prostitución. Aunque Okuni comenzara a actuar en la orilla de un río seco, pronto fue reclamada para danzar en los locales más promiscuos, (y no por ello, menos distinguidos) de Kioto.
La incorporación de la vida licenciosa de los amantes a sus danzas, no hizo sino ganar partidarios para este primer teatro picante, o sicalíptico de todo Japón. La audacia sexual de Okuni en los mojigatos tiempos de los shogunes Tokugawa, llevó a la prohibición de este arte escénico a los pocos años de su nacimiento. Cuando fue legal de nuevo, sólo se permitió que lo interpretasen hombres.
Si Okuni no tuvo ningún reparo en representar roles masculinos, (como el samurái, el monje o el cristiano), en su compañía de féminas; los gobernantes de Japón se vengaron de este descarado teatro femenino, desterrando a las mujeres para siempre de la escena Kabuki. Los personajes femeninos pasaron a ser interpretados, primero por muchachos, y posteriormente por hombres maduros, haciendo nacer la más peculiar figura del teatro japonés: los Onnagatas.
“El Onnagata no representa a una mujer, sino la esencia de la mujer, como lo haría un escritor o un pintor construyendo o dibujando a su personaje femenino: desde la mirada de un hombre”, así lo declara Tamasaburo Tandó, el actor onnagata más famoso y reconocido de Japón. De él se ha dicho que es la Gioconda japonesa, intentando sugerir con esa imagen, su irresistible misterio y encanto: cuando Tamasaburo danza, no puede dejar de mirársele.
Aunque Faba vive subyugado por la cultura y la estética japonesa, (y en parte se gana la vida con esta fascinación privada), las estampas niponas no han sido un motivo dominante en su producción plástica. Se reducen a sólo tres piezas: La mujer que mordía sus cabellos, y La flor del samurai, junto a este Onnagata con kimono de sombras.
Lo que sí puede afirmar con certeza el pintor, es que las tres ocasiones fueron especialmente intensas e irremediables. Una fuerza superior a él le obligó a dibujarlas, porque a las tres figuras humanas representadas, quería comprenderlas para poseer su misterio fascinante.

Onnagata con kimono de sombras
Gabriel Faba.
Dibujo a lápiz de punta de plomo. 29 X 21 cms.


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