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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Dibujar el vacío

En Japón no se pinta al objeto o la persona, sino al vacío que le rodea. Las paradojas les sirven para explicar los misterios más irresolubles del arte y la vida. Dibujar el vacío es mirar más allá de las cosas, una vía que conduce al Budismo, donde todo está en uno, porque uno está  vivo, y a la vida solemos llamarla Dios.
Acotando el vacío se acondiciona el espacio que habrá de ocupar el personaje central del retrato. Las tensiones del dibujante en su esfuerzo por plasmar lo que ve, se trasladan al fondo del dibujo, lo que permitirá surgir con naturalidad a la figura protagonista. Cuando en el vacío dibujado, comienzan a verse águilas y elefantes, es que todo va bien, y queda poco para lograrlo.
La afición de Faba por las sombras, ha podido ser constatada en entradas anteriores (Del movimiento de las sombras), junto a numerosas fotografías sobre el mismo tema. Que haya dibujado con luz, raspando un papel de lija con un punzón -Dibujo al hierro- también es conocido por nuestros más leales seguidores y visitantes; pero lo que nunca había hecho hasta ahora, era dibujar una silueta con blanco.
Los papeles grises de estraza permiten estos juegos entre la luz y la sombra, el reflejo y su contrario, el negro y el blanco… Dibujando con luz la huella de sombra que proyecta una chumbera sobre el muro, lo único de lo que no tuvo que preocuparse Faba fue de la planta: surgió sola de entre el mar de luces que la rodeaban.
¿Acaso no han reconocido a la chumbera que sirvió como modelo para este retrato con espinas? Fíjense cuánto le crecieron los brazos; y cómo de tanto bailar, sus pencas mutaron en castañuelas.

Silueta con espinas
Gabriel Faba. 2007.
Pastel blanco sobre un pliego doble de papel de frutería.
71 X 50 cms.


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martes, 29 de noviembre de 2011

Del sentimiento épico del clima


Las nubes dinosaurio pasan por el cinerama turquesa de la Huerta del Retiro, como si se hubiesen escapado de algún Museo de Ciencias Naturales. Las cañadas para estos viejos saurios errantes, cruzan por encima del Madrid de los Austrias, en dirección a las Huertas del Prado y el Parque del Retiro, en su viaje hacia Valencia, puerta del Mediterráneo.
Si no flotaran, ni se desplazaran con esa alta velocidad de nube, se diría que fueran nubarrones de comedia de Don Paco Nieva. Nubes de cartón de falla para ser quemadas; nubes futuras de Transilvania, en ruta hacia el valle del Castillo del Conde Drácula; nubes de película del Oeste coloreada; nubes bestias y deformes, con largos picos para devorarse, y largos pescuezos por los que engullirse.
Por muy colgada del cielo de un Belén que parezca esta manada de nubes; más que pasar, cabalgan por el otro lado de los cristales. Surgen de profundas resacas de viento, tras una fuerte tormenta que ha dejado limpia la atmósfera, y cierto aroma de azogue en el aire. La urgencia de su desplazamiento produce tanta inquietud como la misma tempestad, aunque sea en plena mañana.
Este cielo agitado y revuelto, (más propio de Nosferatu, que de una capital del sur de Europa), transforma la apacible Quinta de Santiago en la mansión de Cumbres borrascosas. Las nubes dinosaurio despiertan un sentimiento épico del clima, porque pueden vaticinar tanto la guerra como la gloria.


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lunes, 28 de noviembre de 2011

Caligrafías celestes


Algunas alboradas de domingo amanecen así de tranquilas en la Huerta del Retiro. No se oye ni un pájaro, ni corre una chispa de aire. El temprano panorama matritense aparece tan dormido como sus habitantes; nada ni nadie se mueven, incluido el aire.
Los primeros aviones trasatlánticos que salen de Barajas, dejan grandes estelas de humo blanco sobre el cielo de la Villa, cuando la cruzan en dirección Oeste hacia Portugal. En esas mañanas ensimismadas se hacen por fin visibles las carreteras del aire.
El viento es la goma de borrar manchas en la atmósfera. Sin viento alguno, las colas de humo de los grandes reactores quedan suspendidas en el aire durante horas. Al principio, semejan grandes flechas blancas que surcan el aire; más tarde se van inflando, y toman formas caprichosas, siempre alargadas como embutidos de nube.
El cielo dominguero dedica su día de ocio a pintar caligrafías celestes con caca blanca de aeroplano.

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domingo, 27 de noviembre de 2011

La chumbera que se puso de pie


La escultura vegetal era un arte que le había venido rondando la cabeza a Faba desde hacía tiempo. No sólo se trataba de organizar jardincillos extravagantes, manipulando el tamaño de las plantas, según la tierra y el agua que se les administrara; sino de provocar alteraciones en el crecimiento de los vegetales, según los obstáculos que se les fuese poniendo.
Aunque había hecho ciertos intentos, nunca había encontrado materia prima viva tan predispuesta a la ductilidad, como aquel animoso cactus que llegó pequeñito a esta Huerta, y comenzó a crecer como un bárbaro. En menos de seis meses lo trasplantó Faba en tres ocasiones, viendo como el joven conquistador pedía, sin cesar, tierra y más tierra, porque se sentía destinado a alcanzar cotas muy altas.
Lo llamó Alejandro, por esas ansias expansionistas tan desmesuradas. Aquella chumberilla mostraba tanta vitalidad dentro, que resultaba mezquino no ofrecerle más tierra y abono, de los que pudiera obtener toda la energía necesaria para realizar su magna hazaña.
En honor a la verdad, hay que decir que a esta chumbera trepadora tan intensa, también se la conocía en la Quinta, como La Pauli. Sobrenombre que designaba a la persona para la que fue comprada- como regalito de hospital- porque el pobre Pablo estaba ingresado, muriéndose con menos de cuarenta años. El portador de la chumberilla no tuvo ni si quiera ocasión de entregársela, aunque sí llegó a  estar presente -en sus manos- dentro de aquella habitación donde había fallecido su amigo, su casi hermano Pablo.
Cuando la muerte nos toca el hombro con su ala, llevándose a nuestros seres más queridos, se estrena hipersensibilidad frente a todo lo que sigue vivo. En cualquier manifestación de la vida nueva, presentimos la presencia y la energía de quien se nos ha ido. No es pues de extrañar, que en este cactus tan vivo, (que no pudo llegar a manos de su destinatario), pudiera reconocer el portador del frustrado regalo, a su amigo perdido tan inesperadamente; ni tampoco que le pusiera su nombre a la planta.
Cuando la feraz chumbera alcanzó un tamaño considerable, percibió Faba que había llegado el momento de realizar las operaciones necesarias, para que la Pauli no se viniera abajo por su propio peso. (Curioso e inquietante resultaba, que a la Pauli originaria también le llamaran gorda).
Para subrayar su altura, y para que no siguiese creciendo a un ritmo tan desmesurado, la trasplantó Faba a un tiesto bajo de barro, que otrora había servido de hogar a unas Calas. Su anchura compensaba su falta de fondo, pues podría albergar tierra suficiente -pensó Faba- para mantener la gran envergadura de la planta.
El  problema principal era guiar y endurecer el tronco, para que pudiera sostener a las ramas incipientes de aquella señora chumbera llamada la Pauli. Lo intentó, clavando varas guías en la tierra prensada, para mantenerla izada; pero le faltaba calado al tiesto para ofrecer unos buenos cimientos.
Aquel búcaro alto, sin fondo, de barro blanco, que le vendieron los alfareros de Níjar como florero para ramas secas, le venía que ni pintado para mantener en pie al alto tronco de la Pauli. El tubo de barro serviría como columna vertebral de una chumbera tan alta.
Lo pasaron mal Faba y el sufrido vegetal, enhebrando las pencas de la chumbera, por aquel tubo que se iba estrechando hacia lo alto. El obstinado escultor vegetal, con sus manos bien protegidas con guantes, empujaba a la espinosa planta, para que atravesara el profundo intestino de aquel florero seco.
Aunque alguna de sus hojas perdió en tan bizarra penetración, la Pauli quedó feliz con su nueva imagen, basada en unos nuevos zapatos planos, y una gargantilla de jirafa. Más vital que nunca, comenzó a echar pronto nuevos tallos y ramas. Enfundada en ese largo cuello de barro, se veía -por primera vez- bella y estilizada. Con tanta alegría, no dejaron de crecer sus extremidades, como si quisiera la Pauli aprender a bailar sevillanas.
Tan entusiasmado como ella con el resultado, el escultor le regaló a su chumbera bailarina, un anillo de cactus, que plantó a sus pies, coronándola por las raíces. En la tierra también le clavó la baqueta de un xilófono. 

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sábado, 26 de noviembre de 2011

La resurrección de la flor


Hoy han parido los cactus en la Huerta del Retiro, aunque la primavera quede en el extremo opuesto del año. El nacimiento de una flor siempre es celebrado en cualquier jardín, más aún si se produce a finales de noviembre. Si hace una semana dábamos cuenta de la muerte de una flor del Retiro, mientras posaba al natural para ser pintada por Faba, hoy nos congratulamos de compartir con ustedes la noticia de su resurrección.
La flor del Retiro nace antes de que raye el día, y consume su tiempo de vida con el crepúsculo. Durante la noche, el cactus trabaja en amortajar a la flor con sus propios pétalos; y a la mañana siguiente aparece como un capullo lacio y desinflado, a punto de desprenderse.
Llevaba sin nacer una flor del Retiro en esta huerta, desde el pasado 10 de agosto, cuando al cactus madre le dio por alumbrar ocho varas en flor, en una sola noche. Algunas se desgarraron nada más nacer, cayendo al suelo por su propio peso; otras las desprendió alguna corriente de aire nocturna; y las pocas que resistieron, murieron asfixiadas en el interior de la Quinta, al día siguiente. Como los albañiles entraron a pico y martillo en la terraza, hubo que protegerlas en el interior de la vivienda. ¡Menuda catástrofe!, venir a parir ocho hijos, el día que las tropas enemigas ocupan y arrasan el jardín de tu casa.
Estuvo casi un mes la planta refugiada dentro de la Quinta, sin recibir su nutritiva ración diaria de rayos de sol; lo que hizo temer a Faba, que el cactus no volviera a dar flores este año. Sin embargo, esta misma mañana, al salir a poner en marcha las acequias,ha descubierto que el cactus había florecido. Para los que las cultivan, las flores son una bendición de la vida .

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viernes, 25 de noviembre de 2011

La torre herida por la luz


La torre es arquitectura que se ha puesto de pie. Lo cuenta Juan Eduardo Cirlot en su imprescindible Diccionario de símbolos. El ser humano se asemeja más a los árboles que a los animales, que suelen desplazarse en horizontal. Por esta verticalidad compartida, las torres y las personas son hermanos, no hay más que ver dónde se sitúan sus ojos, y por donde resuena el campanario de su cerebro.
La torre es una escalerilla que se eleva, uniendo la tierra con el cielo. Una suerte de antena, (similar a los capirotes en punta, de magos, brujas y penitentes), por la que se emite una plegaria hacia inastancias más altas. Desde los egipcios, las torres han representado la elevación espiritual; eso sí con fuertes cimientos inyectados en la tierra.
Cada jardín es en sí mismo una residencia del espíritu. ¿Cómo no iba a tener la Huerta del Retiro su propia torre mística? Como corresponde a este insólito jardín, el único requisito que se le exigía a la torre representativa, era que fuese traslúcida. Si iba a ser en cierto sentido un Faro guía, debía emitir luz, o dejarse al menos atravesar por ella. La residencia en las torres comporta un proceso de metamorfosis constante, siempre subiendo y descendiendo, como símbolo absoluto de la supervivencia. Por eso, la torre herida por el rayo, resulta tan catastrófica; es nuestra propia vida la que está en peligro. 
Que este expositor de bolsas de caramelos, rescatado de la basura de una tienda, fuese además de plástico rojo, le convertía en un candidato idóneo para el puesto. Fue el primer objeto traslúcido con un color intenso que ingresó en un jardín que tendía a ser transparente, por encima de su numerosa colonia de piedras. 
Siempre se ubicó la torre roja en el centro de la terraza de babor de la Huerta. Lucía mejor, elevándose de las losas y las tiras de granito, amontonadas a los pies de la barandilla de hierro, pintada de verde mayo. Las dos cintas negras que flanquean la torre son los remates de goma de un cristal doble, apoyado sobre la barandilla metálica, y a través del cual se obtuvo este retrato de la torre luminosa. A la derecha un experimento de tiesto, con un tallo de hiedra plantada en media botella de aceite -invertida como una copa- que a su vez reposa en un bote de vidrio de conservas vegetales.
La torre de luz del Retiro está rematada por una suerte de frontón metálico invertido, que deja la torre mocha en lugar de apuntada. Se trata de un servilletero de aluminio, rescatado también por Faba del comedor del Hotel Platanus de Budapest, donde parecía sentirse inservible. Un telón de tejas viejas sirve de forillo a esta panorámica.

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jueves, 24 de noviembre de 2011

La guinda de la Huerta


Los grandes vientos atlánticos entran en Europa por Cádiz, Galicia y Lisboa. Los que arriban a la capital de España son de procedencia portuguesa. Entrando en Madrid por la autovía de Extremadura, puede divisarse la cornisa moruna de la Villa en todo lo alto. San Francisco el Grande, el Viaducto, la Almudena y el Palacio Real, ejercen de gran Acrópolis para los vientos que vienen rastreando sobre las copas de los pinos de la Casa de Campo. Una vez que superan las azoteas de Palacio, se lanzan de frente a la ciudad, arrastrando consigo todo lo que encuentran a su paso.
La Huerta del Retiro se encuentra en la sexta planta del edificio más alto del cerro que flanquea la plaza de Oriente. No es de extrañar pues, que los vientos atlánticos se regodeen contra estos primeros muros urbanos que encuentran a su paso. Podría decirse -figuradamente- que esta Quinta de Santiago, y sus respectivos jardines de retiro, constituyan el Finisterre madrileño.
En una mancebía de vientos y de hombres, el anemómetro es tan importante como un embudo en una bodega. El anemómetro de la Huerta del Retiro es de hierro, y sus 4 medias esferas abiertas, pivotan dentro del cuerpo de un caballito negro. Vino desde Sevilla, no cabalgando ciertamente, sino entre los regalos que unos buenos amigos le trajeron a Faba, al poco de mudarse a esta vivienda.
El caballito anemómetro -aunque no esté vivo- relincha a su manera, cuando lo atraviesa el viento. En la alta madrugada de las letras y los cuerpos, puede oírsele rumiar su ta-ca-tá-ta-ca-tá… quejumbroso; en tardes de diciembre, cuando el viento se agudiza hasta tornarse cristal de hielo volante, el anemómetro se queja con un ti-rí-ti-rí-ti-rí-ti… propio del que está punto de helarse; y en tardes ciclónicas de agosto, los huracanes provocados por el viento sahariano que viene de África, el anemómetro se vuelve loco como un cencerro, y exclama, to-loc- to-loc-to-loc
Aunque como el anemómetro tiene más de 15 años, cada vez suena menos. Les falta aceite a sus goznes mojados por la lluvia, y resecados por largos soles de justicia veraniegos. Incluso se retira dentro del Retiro, y no se sabe dónde encontrarlo. Ahora mismo, no podría afirmar con certeza, donde se encuentra.
Lo que ocurre es que este caballito de hierro lleva siendo la guinda de la Huerta mucho tiempo. Aparece en muchas de las fotografías al aire libre del Retiro, siempre coronando, rematando, o encumbrando cualquier cosa alta, ya sean nubes, cabezas o plantas. Nunca un artefacto ferruginoso ha podido ser más ligero, cantarino y volante. Debe ser que el caballito anemómetro de la Huerta del Retiro tiene alma de pájaro.

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martes, 22 de noviembre de 2011

El cazador de Arco Iris


Las auroras boreales de la Quinta de Santiago son tan irregulares como excepcionales. Se producen a plena luz del día, como reflexión de los rayos del sol sobre algún prisma óptico que encuentran a su paso. En este caso, el culpable pasivo de este fenómeno debió ser el bisel del viejo espejo, (que colgaba en el muro final de la Huerta), quien lo proyectaba en las paredes del interior de la Quinta.
A pesar de poseer unas raíces tan castizas, esta humilde criaturilla luminosa recuerda al logotipo de Windows, con su arco iris abanderado; y no deja de guardar cierto parentesco con el anuncio luminoso de Schewppes en el edificio Capitol de Callao.
Estos arcos iris domésticos sólo se producen algunos días aislados del año, y suelen repetirse durante varias jornadas. Por eso tienta cazarlos con una red fotográfica. Acontecen en luminosas mañanas de invierno, en torno a mediodía, y suelen durar unos minutos escasos. Se van estirando y diluyendo, hasta que terminan desapareciendo.
Atrapados en una cámara, estas criaturas con luz propia -aunque abstractas- pierden mucho de su misterio y encanto; sobre todo el factor sorpresa que les da tanta magia. Valga esta entrada como humilde testimonio de las diferentes huellas de sol, que pueden producirse en una casa orientada al Sur, a lo largo de todo un año.

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lunes, 21 de noviembre de 2011

Morir, soñar, tal vez pintar



¿Qué peligros corremos mientras dormimos? ¿Qué parentescos estrechos guarda la muerte con nuestros sueños diarios? Coma temporal, llaman al sueño, algunos médicos. Mientras dormimos, nuestro cuerpo se torna casa desprotegida, en la que pueden colarse ladrones para robarla, o peor aún, para ocuparla.
La sombra greñuda que mira a Faba, (mientras duerme al sol su plácida siesta, sentado en el suelo de la terraza), es una sombra aviesa, malintencionada, pues no resulta natural que nuestra propia sombra nos contemple mientras estamos durmiendo. Sólo miran de esta manera, los ladrones de almas.
La metamorfosis de Faba se produjo en las circunstancias que refleja este dibujo: la posesión que sufrió aquel cuerpo dormido, por la sombra melenuda de un pintor llamado Faba, que paseaba sin cuerpo por la Huerta del Retiro. El escritor y el crítico teatral quedaron vampirizados, por ese artista vagabundo, habitante radical del hemisferio izquierdo del cerebro, llamado -entonces- Raimundo.
El dibujo está realizado sobre un pliego de papel amarillo yema, que sirvió de prueba para las maquetas del número 10 de la revista Teatra, dedicado a la muerte, y procede de la imprenta madrileña de Prudencio Ibáñez Campos. Este papel plegado llevaba habitando con Faba durante años, esperando que se revelara el destino para el que estuvo reservado.
La sombra que mira a Faba forma parte de un Tríptico de la Transfiguración, integrado por tres autorretratos del pintor: Con los días contados, donde Faba surge pleno ante las Torres Gemelas, en una estampa anterior a su enfermedad, y a la caída de aquellas; El tránsito de Faba, donde dio su propia interpretación de lo que significa el paso de la vida a la muerte, ayudado por la puesta en escena brujeril de Goya; y esta tercera faceta del mismo proceso de transformación, tomada 20 meses después de su infarto.
Dio un paso atrás el escritor frente al artista, para seguir sobreviviendo. ¿Se malogró un plumillas con solera, para dar paso a un pintor sin formación académica? La pregunta deviene ociosa, porque no afecta a la subsistencia, pero dentro de su caprichosa naturaleza podría ser respondida con un simple: "No pudo hacerse otra cosa". Seguir viviendo gracias a una segunda oportunidad, enseña que sólo importa lo que puede hacerse, no lo que podría haber sido hecho.

La sombra que mira a Faba
Dibujo al pastel y lápiz de punta de plomo,
sobre papel plegado de imprenta, color calabaza.
80 X 50 cms.
Gabriel Faba. 2005.


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domingo, 20 de noviembre de 2011

El Frankenstein de los canarios


Aunque no lo vio nacer, Faba siempre lo tuvo por niño. Sin embargo, al canario libre de Santiago le llegó la pubertad como a todo hijo de vecino. Cuando en sus paseos matutinos por la casa, comenzó a detenerse ante los espejos y las patas relucientes de los muebles, buscando el reflejo de alguien de su especie, sobre quien verter sus arrumacos, descubrió Faba que Pipi, (el ilustre Pipino di Siena, que llegó a esta Huerta, volando desde la Toscana), había dejado de ser crío y era ya todo un padre en potencia.
Los silbiditos de amor de un canario son como un largo relinchillo, tan fino, delicado y prolongado, que pueden quebrarse en cualquier momento. Faba, que andaba aprendiendo con Pipi el lenguaje de los pájaros, despedía cada noche a su canarino, con un largo, cálido y agudo relinchito, que hacía que el pajarillo engordase de satisfacción en su palito, antes de entornar los ojos y entregarse al más plácido de los sueños.
Estaba claro que había que buscarle compañero. Porque lo único a lo que no estaba dispuesto su dueño, era a conseguirle una hembra y ponerse a criar canarios en casa. La experiencia  la había vivido de niño, y no le estimulaba nada volver a repetirla; entrañaba muchos trabajos.  Y como tampoco quería tener más pájaros, echó a volar su ingenio.
Su primer intento fue un tanto frankenstéinico. Y no es que usara un cadáver de pajarillo para revivirlo en su estudio a base de rayos y truenos, sino que modeló un canario falso, o un muñeco canario, usando un limón amarillo. Para la cola se valió de una escuadra de lienzo, un corcho de pesca para las patas, y una bola roja perforada, para la cabeza. La unió al limón a través de un palillo de dientes, cuyo extremo sobresalía de la bola como un piquito.
Al canario libre de Santiago, el amiguito cítrico que su amo le había preparado y metido en la jaula, se la reflinflaba tanto, como a un presidiario al que le hubieran dado un espantapájaros para desfogarse. Siguió intentándolo Faba por otras vías, pero eso ya pertenece a otra entrada.
Sin embargo, hoy el altanero canario libre de Santiago, va para dos años que pereció en su propia jaula, bajo el pico de un alcaudón urbano; mientras el pajarillo de limón sigue por los estantes de esta Quinta, aunque su piel -que fuera amarilla- ahora sea un áspero y curtido fruto seco.   


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sábado, 19 de noviembre de 2011

El guardián de la fotografía



Desnudar a un Madelman es una utopía. Al quitarle las botas y el uniforme, puede quedarse sin pies, pero no sin ropa interior que lo cubra. El guerrero desnudo no produce miedo, bien al contrario, inspira deseos de posesión en sus dueños. Parece que los puritanos fabricantes de estos muñecos, cuentan con que puedan desatar fantasías homo eróticas en los niños que jueguen con ellos.
Contar con un ejército personal en casa, y convivir con todo ese harem de marines uniformados a tus órdenes, tienta a las mentes siempre curiosas de los niños. En una serie de TV norteamericana, el protagonista gay del relato, confesaba que cuando jugaba de pequeño con sus madelmanes, siempre terminaba montándoles un Consejo de Guerra, del que salía un condenado, que para expiar sus culpas, debía quedar desnudo ante el resto de sus compañeros. Pues nada, eso se ha terminado. A los madelmanes ya no puede desnudárseles por completo, siempre quedará un slip y una camiseta, para ocultar sus miembros más deseados.
Consciente Faba del valor de los reportajes fotográficos que tomaba a diario en la construcción de la Huerta del Retiro, para no extraviarlos, los acuarteló Faba en lo alto de un buró portátil, en cuyas escalinatas, (los estantes interiores del mueblecito), colocó a un Madelman de guardia, custodiándolos.
La corona de flores seca no es de muertos, sino un anillo floral navideño, elaborado en una exquisita floristería de Siena, por la artista Silvia Fiorenzani, y que había recibido Faba unos meses antes. Como la corona toscana residía allí habitualmente, no se molestó en quitarla; los carretes se agruparon disciplinadamente a sus pies, con las fechas escritas en sus cajas.
Este Madelman se encuentra sin uniforme, porque debía encontrarse enfermo e ingresado en el botiquín de soldados. Estaría por tanto, más a mano que ningún otro, y fue por ello el elegido. Tampoco blande arma alguna, en su custodia del polvorín de embriones fotográficos; sólo su recio brazo en alto, como un atleta victorioso, plasmado en una estatua de carne y mármol. Como sus pies quedaron dentro de sus botas; asi, erguido, parecía más una bailarina en puntas, que un recio soldado.
El Madelman pelirrojo se mantenía -sin pies- en equilibrio, apoyado sobre un cartón con caracteres tipográficos. El azar del buró le regaló un par de pastilleros de plata florentinos, que le sirvieron finalmente como relucientes botas metálicas. De esta guisa, el muñeco casi desnudo quedó firmemente aposentado, como un Coloso de Rodas, con su antorcha en alto.    
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jueves, 17 de noviembre de 2011

El caballero del Infierno


La tinta es el alma de los grabados impresos en el tórculo. Es a la par arteria y sangre del dibujo. Dibujar a la tinta es una técnica altamente expresiva, pero llena de dificultades. Los errores se pagan caros, pues no hay forma de corregirlos. El dibujante tiene que ser muy certero, para no achantarse ante los múltiples riesgos de la tinta.
Para los artistas y calígrafos orientales, la tinta es el aire que respiran todas sus grandes obras artísticas. Ellos no dibujan a la tinta con un palillero y una plumilla, sino con un pincel tan gordo como el dedo pulgar, dotado de unas cerdas tan suaves y flexibles como la caricias de un amante. El pincel oriental no pinta sobre puntas, sino dando taconazos sobre el papel blanco. La continuidad del trazo adquiere con estos golpes de muñeca, ciertos cambios de dirección y de ritmo.
 Antes que nuestro Goya hiciera bailar a la tinta en sus dibujos, como una cabra domesticada, el alemán Alberto Durero fue el primer gran maestro grabador de Europa. Algunos de sus clientes tenían que esperar años, a que Durero pudiera aceptar sus encargos. La perfección absoluta de sus dibujos, era la causa por la que era reconocido y reclamado en toda Europa.
Faba, que no sentía demasiada curiosidad por este Durero perfecto, se quedó prendado cuando descubrió este boceto del gran dibujante alemán, para su obra El caballero, el diablo y la muerte. Le interesaba infinitamente más este Durero inseguro, improvisador, sin refinar, puro arte en bruto, con un estudio compositivo absolutamente personal y sorprendentemente moderno.

El boceto lo había realizado el autor sobre un pergamino, con la particularidad, de que lo había pintado por las dos caras, para economizar material; pues el pergamino es un soporte caro, realizado a partir de piel de ternera. Un tema tan misterioso, nocturno y trascendente, pintado y dibujado por ambas caras de la piel de un mamífero niño, se convertía en manos de Durero en un talismán, más que en un simple dibujo.


Ajustó Faba el formato final de su caballero, al mayor rectángulo que podía inscribirse en una vieja pantalla de lámpara, que encontrara en la basura años antes, y que había conservado por estar realizada con pergamino. Tuvo que humedecerla y prensarla entre cartoncillos, para poder dejarla absolutamente plana y en condiciones de ser tintada y dibujada.
Realizó inicialmente un estudio a lápiz sobre papel gris de estraza, y posteriormente se lanzó a dibujar con tinta y plumilla sobre otro papel basto, para calentar su mano dibujando, antes de lanzarse al valioso pergamino, para imprimirle con su mano los trazos definitivos. A diferencia de los orientales, tenía que dibujar por secciones, de arriba a abajo, y de izquierda a derecha, para no emborronar con la mano, lo previamente pintado. Además tenía que dejar secar el dibujo, antes de poder continuarlo.
En todo este complejo proceso, donde Faba se sentía más feliz y relajado, era dibujando en el pliego de calentamiento previo. Allí no importaba equivocarse. Se podía hacer saltar,  brincar y bailar a los trazos, como hacen los calígrafos chinos, con frescos resultados expresivos. Ni siquiera llegó a terminarlo, pues el pergamino estuvo concluido por sus dos caras, antes de que el dibujo de calentamiento estuviese acabado.
Para compensar su poca seriedad y constancia con aquel trabajo, finalmente le aplicó -con pincel- unas nubes de cobre sobre el fondo oscuro, que terminaron revelando la identidad ignota del espacio por el que cabalgaba el caballero de Durero: entre los fuegos sulfurosos del Infierno.  

El caballero del perro.
Copia de Gabriel Faba del boceto de Alberto Durero,
para su obra El caballero, el diablo y la muerte.
Tinta sobre pergamino de pantalla de lámpara.
47,5 X 36 cms.
2007.


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miércoles, 16 de noviembre de 2011

La muerte de la modelo


Pintando del natural, se vampiriza a los modelos. Algo de su energía queda atrapado en el retrato, mucho más que cuando se pinta una fotografía. Una de las razones primordiales que facilita este trasvase, es puramente técnica: la urgencia de la percepción visual, y sobre todo de la pincelada. Por si esto fuera poco, la luz va cambiando según el tiempo avanza, y lo que comenzó siendo espacio diáfano, va tornándose amasijo de sombras, que -por otra parte hay que seguir incorporando al cuadro- para que el resultado final sea luminosamente coherente. 
Cuando se pinta una flor del retiro, el asunto se torna más grave. Nace a oscuras, de madrugada, sin necesidad de los rayos del sol. Simplemente se abre, porque la planta madre no resiste más y revienta. Hacia el mediodía comienza a perder su lozanía, y a media tarde sufre la misma agonía que la luz del cielo, sin haber llegado a superar las 12 horas de vida.
        -¡Que se me muere la modelo! –exclamó Faba en más de una ocasión, mientras la pintaba-. 
La sensación le resultaba tan nueva como extraña. En otras ocasiones había sufrido la responsabilidad de resucitar a los muertos en un retrato, pero estar pintando a alguien mientras agoniza, y tener que concluir la obra antes de que se consume el fallecimiento, no sólo le producía angustia, sino que despertaba en él la sospecha de algo mezquino. La propia muerte debe ser algo tan íntimo, como que tu amor te despida, leyendote un libro sobre el canto de los pájaros.
Cuando la flor estuvo pintada, Faba sintió que ya se había ido. No volvió a mirarla, pero su mano y su pincel estaban tan calientes como las piernas de una bailarina tras varias horas de entrenamiento. Sin que le diera tiempo a pensarlo, su mano se movió sola hacia el cuadratín de acuarela verde vejiga, donde impregnó de pigmento aquel pelaje mojado, y se lanzó a pintar el cactus madre, como si estuviera bailando una danza frenética de despedida, en presencia de la modelo muerta. 

Flor y cactus
Gabriel Faba 2006.
16 X 24 cms. Acuarela sobre dos hojas
de un cuaderno de papel Fabriano.


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martes, 15 de noviembre de 2011

Jardín osario


La afición ancestral de la raza humana por ensartar semillas o conchitas en un hilo, para convertirlas en abalorios, dio la primera Segunda Oportunidad de la civilización, al corazón de los frutos y al cráneo de los moluscos. A diferencia de otros materiales orgánicos que terminaban como alimento de las bestias, o en el pudridero, estos minúsculos restos se convirtieron en las primeras joyas.
Decidió Faba acumular sistemáticamente los huesos de todos los frutos que comiese aquel verano. Para ello se valió inicialmente de una huevera de loza blanca, donde los clasificaría por especies dentro de sus nueve vanos.
Los primeros en llegar, fueron los oscuros huesos de los nísperos. Son -junto con los de chirimoya- los más sensuales del año; salen de nuestra boca, brillantes como el azabache. Les siguieron los de ciruela -planos y barbudos- y los de albaricoque, algo más ásperos, y con los que algunos saben fabricarse silbatos. Los huesecillos blancos de las cerezas cayeron como una lluvia de meteoritos sobre la huevera; eran tantos, que saturaron todas sus celdas. Cuando los primeros huesos paquidermos del verano -los de melocotón- empezaron a acudir en agosto, hubo que comenzar a preparar nuevos recipientes para almacenarlos.  
Un cenicero octogonal negro, una lata circular de conservas, y la tapadera de un bote de vidrio, fueron los elegidos. En el primero se estableció el osario melocotonero; aunque también se colaron unos pistachos cerrados, un capullo de rosa, y unos pétalos de adelfa. En la lata redonda se formó el primer mosaico de huesos del semillero, al disponerlos en círculos concéntricos por especies. Mientras la tapadera se convirtió espontáneamente en fosa común sin tierra.
Por último, hay que señalar que unos parientes cercanos de la familia vegetal, (una piña seca y unos crisantemos blancos en su sepulcro de plástico), se incorporaron espontáneamente a esta fotografía, ya que todos vivían sobre la misma losa de mármol blanco de aquel jardín osario.

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lunes, 14 de noviembre de 2011

El sacramento del amanecer



Tras una intensa noche de luna, el sábado se abrió paso el sol, desplegando todas sus fanfarrias de oro. Las nubes del otoño madrileño resultan espectaculares; si no, que se lo pregunten al sevillano Diego Velázquez, cuyo apellido pasó a adjetivar los cielos más prodigiosos de la Villa.
Por su naturaleza cambiante, el cielo es el único mar posible de encontrar en una urbe de interior; relaja contemplarlo. Caminar por el aire celestial, o sobre las olas del mar, son dos sueños utópicos de los paseantes. El sentido sacramental del paseo, (que reivindicaba el escritor alemán Erns Jünger), se alcanzaría con sobrada plenitud, deambulando sobre las aguas, como lo hizo Cristo; o ascendiendo por una escala de pájaros hacia el gran dios de lo alto.
En este skyline del Madrid de los Austrias pueden divisarse siete templos. Las chimeneas, torres de ventilación, antenas parabólicas, pararrayos y repetidores telefónicos, se confunden con las agujas herrerianas del Consistorio, y las torres y cúpulas de las iglesias. De izquierda a derecha: la de Santa Cruz, San Isidro, San Andrés, la Capilla del Obispo, la Iglesia Arzobispal castrense, San Francisco el Grande, y San Nicolás, la más antigua de toda la capital.

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